Nuestro analista político pasa revista a la situación derivada de la actuación terrorista del denominado Estado Islámico (EI) y cuyas consecuencias, de momento, parecen imprevisibles 

La historiografía actual considera al siglo XX el más corto de la historia: da comienzo en 1914, con el inicio de la I Guerra Mundial, y termina en 1989 con la caída del muro de Berlín. Considera todo el período como una guerra entre el modelo de sociedad democrático y liberal, en lo económico, frente al nazismo primero y después, por un periodo mucho más largo, frente al comunismo, con guerras periféricas como las de Corea o Vietnam. Es ese empeño del historiador por señalar acontecimientos icónicos, como goznes, que delimitan la historia y permiten separar periodos.

Con la caída de las torres gemelas, de Nueva York, en 2001, comienza el S XXI; tan sólo a una década quedó reducido el ansiado dividendo de la paz, del que esperaba Occidente verse beneficiado, tras la prolongadísima guerra fría de 45 años, que vertebró las relaciones internacionales y los modelos económicos del planeta.

Este siglo XXI estará decididamente atravesado por el complejo hilo del hilván de un terrorismo internacional, que amenaza con limitar las libertades en occidente, empobrecer a los países musulmanes más vinculados a occidente, aislar en dos bloques el mundo y levantar muros de incomunicación entre las dos culturas.

Apuntes históricos

El Estado Islámico (EI) es un grupo terrorista insurgente de naturaleza yihadista suní. Su actual líder, Al Bagdadi, declaró en 2014 la independencia de su grupo (de Al Qaeda) y la soberanía sobre Irak y Siria, autoproclamándose Califa. El califato reclama la autoridad religiosa sobre todos los musulmanes del mundo y tiene como objetivo unir todas las regiones habitadas por musulmanes.

El enfrentamiento actual es una extraña mezcla entre factores propios de nuestra Edad Media junto con características propias de la globalización y la tecnología más actual.

Es un enfrentamiento nuevo; no se lucha contra un estado convencional, como se luchó en el siglo pasado. El enemigo está difuso, escondido, camuflado. Los españoles inventamos la guerra de guerrillas en el XIX, durante la Guerra de la Independencia, contra un ejército napoleónico mucho más preparado y organizado. La actual es una guerra de guerrillas planetaria; utiliza internet para el reclutamiento de ciudadanos occidentales, que se desplazan para luchar a favor del estado islámico, desde una quinta columna interna en la sociedad occidental, en algunos casos parapetados en los derechos y libertades consagrados en occidente

Guerra de religión

Es una guerra de religión; las del siglo pasado lo fueron de modos de organizar la sociedad y las libertades, frente al nazismo y al comunismo. Ahora es una guerra auspiciada por una parte de la religión musulmana, frente a una sociedad laica donde la religión ha perdido el protagonismo de antaño y donde, en cualquier caso, la religión está separada del estado. El enfrentamiento actual es una extraña mezcla entre factores propios de nuestra Edad Media junto con características propias de la globalización y la tecnología más actual.

El avance de los grupos terroristas en el Magreb es muy preocupante. En Túnez se han cebado, golpeando en la economía de su turismo. La posición de Marruecos se convierte, una vez más, en un valor incalculable; el apoyo de EE. UU., hasta ahora, ha sido decisivo y todo parece indicar que lo será aún más para servir de freno a la expansión del IS. Europa también tendrá que mimar a la monarquía alauita, y mirar hacia otro lado a fin de mantener en el trono al actual Rey. No son buenas noticias para los pescadores españoles. Libia está sumida en una guerra civil. En Egipto el ejército mantiene el tipo.

Punto débil de España

España tiene otro punto débil, es el gasoducto que viene de Argelia que, en cualquier momento, puede convertirse en objeto de deseo para atentados terroristas, que debiliten la economía argelina y compliquen la vida a los españoles. Los políticos nacionales tienen la obligación de hacer un plan energético en el que se aprovechen al máximo los recursos de nuestro territorio (fracking incluido), con todas las cautelas de protección medioambientales que sean menester, ante un escenario de mayor inestabilidad en Oriente Medio (atentado en Kuwait, guerra abierta de Arabia Saudí con Yemen, guerra civil en Siria e Irak) y los problemas del gas ruso. No hacer una política de estado en el tema energético nos llevará a perder otro tren de la historia, ya sea por provincianismo o por miopía de nuestros políticos.

El esfuerzo que las sociedades occidentales tienen que hacer frente a los desafíos del EI es mayúsculo. En el interior, para proteger a la población de posibles atentados, al tiempo que escudriña en los cientos de mezquitas, que se han derramado por Europa, especialmente en España. En el exterior los frentes se multiplican, Oriente Medio, Próximo y el Magreb parecen los puntos más calientes, Sin olvidar otras áreas de África con importante presencia de grupos terroristas.

EE UU parece que está decidida a prestar apoyo aéreo y de inteligencia, pero sin poner pie a tierra. Los últimos atentados, en tres continentes al tiempo, para celebrar el primer aniversario de la creación del EI, pueden obligar a replantear la estrategia.

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