A partir de los actos terroristas vividos en París, nuestro analista político ofrece una visión de lo que, de alguna manera, es una nueva guerra con características propias, distintas a las vividas hasta ahora y más difícil de ponerle fin.

El atentado de París ha traído a la memoria de los madrileños el sufrido, en los trenes, el 11 M de 2004. En ambos se produce el sacrificio de docenas de inocentes; son atentados indiscriminados, imprevisibles, indefendibles. El terrorismo quiere mostrar su capacidad de convertir en inútil la seguridad que proporciona un estado a sus ciudadanos. Transformar esa seguridad en miedo, la tranquilidad en recelo, el optimismo en incertidumbre, la movilidad en quietud, es el objetivo de las organizaciones terroristas. París, como Madrid, ha quedado en silencio. Los parisinos, todos los franceses, consternados, impresionados por la crueldad, por la sideral distancia que media entre el mundo occidental y una sinrazón de la versión paranoide del islam.

Hasta aquí algunas de las similitudes de los atentados de Madrid y París; las diferencias son notables.

En París, los asistentes al campo de fútbol lo abandonaron cantando la Marsellesa. Los dirigentes franceses ya han afirmado, sin ambages, encontrarse en guerra y dispuestos a dar respuesta militar a los atentados. Los colores de la bandera francesa han bañado los edificios en todo el mundo civilizado.

En España, tras el atentado de los trenes, decidimos votar a Zapatero pidiéndole que sacara las tropas de Irak.

Hasta aquí algunas de las similitudes de los atentados de Madrid y París; las diferencias son notables.

El problema de los atentados de Al Qaeda, el Estado Islámico (o las sucesivas marcas que surjan de las entrañas de los fanáticos del islamofascismo) parece que va para largo. Se necesitarán décadas para resolver un problema tan complejo. Parece increíble que Mesopotamia, lugar en donde nace nuestra cultura, de donde es tributario todo nuestro conocimiento, sea ahora el santuario de terroristas que ansían destruir todo vestigio de libertad occidental.

Instrumentos de actuación

Para ganar esta guerra se precisará de todas las herramientas. El papel de la inteligencia será decisivo. Tanto que sus actuaciones pondrán en solfa alguna de nuestras más preciadas libertades. El control preventivo de las comunicaciones privadas y de los flujos de información por internet se hará presente en nuestras vidas; la actual permeabilidad de las fronteras en Europa se resentirá. La inteligencia tendrá que actuar allí (en Irak, en Siria, en Turquía, también en el Magreb donde cada vez se acercan más al sur de Europa), y aquí en nuestros países, en las diferentes oficinas de enganche que el Estado Islámico tiene repartidas por el sur de Europa. La inteligencia y el espionaje han sido decisivos en la particular lucha que España ha mantenido con el terrorismo de ETA.

En el mundo tan cambiante que vivimos, no podemos esperar que la guerra sea como las anteriores. La guerra en el siglo XXI será, es, diferente. No se enfrentan dos países o dos bloques. El enemigo es difuso, es una organización terrorista islamista, que tiene capacidad de captar ciudadanos, que viven entre nosotros, y abducirlos hasta llegar a colocarles un cinturón de explosivos y empujarlos a intentar entrar en el estadio, de París, atestado de aficionados para inmolarse provocando una carnicería. Tras el pánico, dos compañeros suyos, tenían previsto hacer lo mismo mezclados entre la muchedumbre. La policía francesa lo impidió y las explosiones se produjeron fuera del estadio.

Yugular los flujos económicos

Para Francia parece que no basta con minutos de silencio, días de luto y banderas a media asta. Han manifestado estar en guerra y decididos a atacar al Estado Islámico

Para Francia parece que no basta con minutos de silencio, días de luto y banderas a media asta. Han manifestado estar en guerra y decididos a atacar al Estado Islámico en Siria, Irak, Libia, Mali o donde quiera que se manifieste. Luchará militarmente contra el integrismo islámico. Es importante alcanzar una alianza con Estados Unidos y Rusia, que también se encuentra implicada y comprometida en el proceso.

Los Estados Unidos llevan años intentando yugular los flujos económicos que financian a organizaciones como el Estado islámico, Hamás, Hezbolá o Al Qaeda. En esta obsesión, por cercenar su financiación, se encuentra la persecución del blanqueo de capitales a través de los paraísos fiscales. Andorra conoce bien este problema.

El eje cultural no puede descuidarse. Es necesario que la comunidad musulmana, que quiera vivir en occidente, se manifieste de forma decidida a favor de la convivencia y en contra de las organizaciones integristas e islamofascistas. Las costumbres de estos musulmanes, que así se manifiesten, deben de ser respetadas y protegidas en Occidente.

El problema de la energía

Por último está la problemática energética. Estados Unidos ya ha conseguido ser (casi) autosuficiente, en cuanto a recursos energéticos. Europa debe situar como un objetivo fundamental la reducción de su dependencia del petróleo, de los países de la zona en conflicto, ya sea mediante reducción del consumo, con energías renovables y/o aumentando sus recursos de combustibles fósiles mediante el fracking y técnicas no convencionales (con todas las cautelas medioambientales precisas). Solo así se podrá negociar abiertamente con Irán y Arabia Saudí el supuesto apoyo que brindan a las organizaciones integristas.

En definitiva, para ganar esta guerra, que se presume larga, será precisa la mayor coalición militar que se ha conocido, las fuerzas de inteligencia y espionaje deberán emplearse a fondo, el control de los flujos financieros mundiales será más estricto que nunca, se precisará una labor cultural que permita la convivencia con el mundo musulmán pacífico y una menor dependencia energética de parte de Occidente.

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