Preocupado, al igual que el conjunto de la sociedad española, por el creciente fenómeno de la corrupción, cuya nota final la acaba de protagonizar el exministro Rodrigo Rato, el analista ofrece una visión de lo que debe constituir una auténtica catarsis de regeneración democrática
España sufre una catarsis colectiva, sin parangón desde la transición, en sus valores éticos ante los sucesivos escándalos de corrupción, que se han ido salpicando con singular virulencia durante la crisis económica. Esta catarsis social de la escala de valores se refleja mediante la creación de un nuevo mapa de partidos.
En abril del 2012, los ciudadanos se sorprendieron ante las noticias de la repatriación urgente del rey lesionado cuando cazaba elefantes en Botsuana. Unos días antes se mostraba preocupado con el “paro juvenil que le quitaba el sueño”.
En diciembre de 2013, el juez enviaba a la policía, de noche y durante 14 horas, a registrar la sede del PP, partido del gobierno. El juez buscaba pruebas de los pagos hechos con dinero negro al arquitecto para la reforma de la sede.
El rosario de noticias y declaraciones del matrimonio Urdangarín Borbón escandalizan, día a día, a la ciudadanía.
La juez Alaya, en Sevilla, ha imputado, en el caso de los EREs a centenares de políticos y sindicalistas socialistas, incluidos dos ex-presidentes autonómicos y tres consejeros de la Junta de Andalucía. Se habla de malversación de miles de millones de euros, durante años, de forma organizada y articulada.
El estrambote último, lo protagonizaba la familia Pujol en su cortijo de Cataluña; por no citar los casos de Valencia o de Baleares y los cientos de ayuntamientos en los que los ediles están implicados en casos penales.
Espejo de la vida pública
Los primeros casos de corrupción sufrieron un escaso reproche social. Hubo alcaldes que fueron reelegidos, aun habiendo sido imputados. La dureza de la crisis económica, junto con la magnitud, los protagonistas de los escándalos y la singularidad de los casos han provocado que la ciudadanía rechace la imagen que la conducta de los cargos públicos refleja de la conducta social. No aceptamos que el espejo, que supone la vida pública, muestre una sociedad con conductas tan poco edificantes.
La sensación de impunidad ha sido tan grande, ha estado tan interiorizada, que muchos afectados no se explican el rechazo social que provocan
¿Qué tienen en común las conductas mencionadas? El sentimiento de los protagonistas de sentirse impunes. De poder hacer y decir lo que quieran; de tener una conducta libérrima, porque la posición que ocupan de poder hará invisibles sus conductas desordenadas o no correctas, que no saldrán a la luz pública, y que si salieran se les aplicará la sordina precisa, para que no abandonen los límites de los pequeños círculos informados.
Esa impunidad hoy escandaliza a los ciudadanos, mientras los afectados no salen de su asombro. El ex-consejero de trabajo en la Junta de Andalucía no duda en acudir ante el Tribunal Supremo para decir que él es maestro y no sabía lo que firmaba. Marta Ferrusola acude al Parlament de Cataluña, para decir que en su familia no tienen un duro.
La sensación de impunidad ha sido tan grande, ha estado tan interiorizada, que muchos afectados no se explican el rechazo social que provocan, haciéndose invisibles o directamente trasladan su residencia a Suiza, convencidos de su inocencia y alegando supuestas maquinaciones.
Efecto catártico
La sociedad ha abandonado su preocupación por el terrorismo (afortunadamente), para sustituirla por la corrupción de los cargos públicos
Todo parece indicar que la sociedad que saldrá de la purificación emocional y mental que supone el fenómeno catártico será diferente, mucho más exigente con el comportamiento público a todos los niveles. La sociedad ha abandonado su preocupación por el terrorismo (afortunadamente), para sustituirla por la corrupción de los cargos públicos, asistiendo a la creación de nuevos criterios en los valores éticos, que deben estar presentes en las actuaciones públicas y privadas. La purificación ritual (de la ciudadanía) libera los recuerdos que perturban la conciencia, precisa experimentar el castigo sufrido por los protagonistas, como propio, pero sin temor a sufrir sus verdaderos efectos. Atención a los candidatos a ser llevados al sacrificio, ¿Urdangarín, Rato?, cuando llegue el momento de castigos ejemplares.
Otras crisis se sellaron con sacrificios sonados, la crisis del 79 se cierra con la expropiación de Rumasa, Conde será el símbolo de la del 93, Mariano Rubio . . . El sacrificado ha de ser tanto más próximo cuanto más importante sea el pecado a expiar.
Esta catarsis social es el motor que impulsa el cambio del mapa de partidos. La primera demostración ocurrió con las elecciones europeas, el aldabonazo de Podemos retumbó en España y sonó en Europa. Estas elecciones fueron seguidas por diversas encuestas, donde el fenómeno Podemos no paraba de aumentar su expectativa de voto, cada semana entraba una nueva hornada de ciudadanos ansiosos por votarles.
Las andaluzas hicieron desinflar (en parte) el globo de las expectativas de Podemos, surgiendo una nueva fuerza (Ciudadanos) bajo el presupuesto del cambio posible. Entre ambos las elecciones griegas, con el triunfo Syriza, ha desenganchado a muchos del fenómeno Podemos.
El partido de Albert Rivera representa un relevo generacional, que no se aprecia en el PP, unos nuevos mensajes, menos encorsetado, y nuevos paradigmas económicos y sociales que están cautivando en todas las comunidades autónomas. A destacar que en el nuevo mapa de partidos los nacionalismos periféricos pierden peso. Casi no se habla del problema vasco y catalán.
Para Ciudadanos, cuyo éxito en las municipales y autonómicas parece imparable, quedará una reválida difícil, será conseguir la fidelidad política ideológica de un electorado de centro. En esta reválida suspendieron UCD, CDS y (parece que también) UPyD, el partido Reformista de Roca no llegó ni a examinarse.
Mayor calidad democrática
La catarsis se alza frente al tradicional destino fatídico del español, que lleva al olvido de las fechorías cometidas con dinero público (propiciado por lo que de corrupto tenemos en nuestro ADN social del que queremos desprendernos), que le facilita ser sujeto de subvención clientelar, más que sujeto actor de su propio destino. Cuando menos, la sociedad actual exige mayor calidad de la democracia, abandono de instituciones inoperantes (Senado, Diputaciones), mayor transparencia, ahorro de costes en el sector público y sensibilidad social, prevaleciendo la meritocracia frente al amiguismo.
Los líderes políticos que no aprecien esta catarsis social y se resistan a adaptar sus objetivos políticos, corren el peligro de sufrir una sangría de votos, cuando no de ser condenados al ostracismo.