En la panorámica informativa de lo que fue el 23 F, el autor pasa revista a los puntos que, 34 años después, permanecen oscuros

Las consecuencias políticas del 23 F han resultado decisivas para las décadas posteriores del país: se consolidó la figura de Juan Carlos I y de la monarquía, cubriendo su déficit de legitimación; UCD, el partido responsable de la transición, saltó hecho añicos; hubo un intento de reconducción del proceso autonómico; pérdida paulatina y continuada de influencia del ejército, con la desaparición de la costumbre “napoleónica” de pronunciamientos militares, herencia del siglo XIX; la entrada en la OTAN y un estado de opinión muy favorable para el triunfo del PSOE con la consecuente alternancia en el poder.

Hoy, 34 años después, muchas de estas consecuencias han quedado obsoletas. El proceso autonómico está fuertemente cuestionado, tanto por las fuerzas nacionalistas en Cataluña y en el País Vasco, como por los partidos de implantación nacional; la monarquía ha tenido que acudir, presurosa, a un relevo de Rey ante el cóctel explosivo de los escándalos de Urdangarín y las hazañas de D. Juan Carlos; por último PSOE y PP tiemblan ante el, posible, fin del bipartidismo; llegan nuevos protagonistas a la vida política, se habla de un proceso de revisión constitucional y la demoscopia apunta a un nuevo mapa de partidos.

Lo que falta por saber

A pesar de casi no quedar consecuencias directas del 23 F, continuamos sin conocer algunos de los detalles de lo sucedido. De forma parecida ocurre con otros acontecimientos de nuestra reciente historia. Desde el atentado de Carrero (Diciembre, 1973), con demasiada frecuencia los cambios de presidente de gobierno han estado atravesados por el hilván del terrorismo y la sombra de los servicios secretos que, a través de la urdimbre de nuestra vida política, se han hecho presentes.

A pesar de casi no quedar consecuencias directas del 23 F, continuamos sin conocer algunos de los detalles de lo sucedido

Carrero voló por encima de un edificio, en un complejo atentado que otorgó la mayoría de edad terrorista a ETA; Suárez salió de la Moncloa, bajo los tiros de Tejero en el Congreso de los Diputados; Felipe González abandonó la presidencia en medio de los juicios del GAL, que dio con el ministro Barrionuevo en la prisión de Guadalajara, gracias al forense de Alicante que guardó, oportuna y pacientemente, los huesos de Lasa y Zabala durante años; Aznar fue aupado a la presidencia al sobrevivir al bombazo de ETA y terminó siendo maltratado por el terrorismo, en los atentados de los trenes, y por sus gravísimos errores de comunicación, un atentado con intencionalidad política perpetrado (en parte) por ciudadanos extranjeros. En medio, dos presidentes, Arias Navarro (Ministro de Gobernación durante el atentado de Carrero y ascendido a continuación) y Calvo-Sotelo, que llevó a cabo el juicio del 23- F y la entrada en la OTAN. De todos ellos sólo pueden explicarnos la historia cercana González y Aznar, el resto han fallecido.

Acoso a Suárez

Adolfo Suárez, en el verano de 1980, estaba aislado y acosado. El partido político (UCD) que él había puesto en pie era una intriga permanente. La iglesia, el ejército y los grandes empresarios se habían manifestado en contra de Suárez; la situación económica no acompañaba, el país, muy dependiente del petróleo, sufría los azotes de la segunda crisis del crudo. El terrorismo alcanzaba sus cotas más sangrientas, produciéndose en los entierros y funerales escenas de gran tensión entre militares y miembros del gobierno; el malestar de los mandos militares cada vez resultaba más difícil de frenar; los medios de comunicación hablaban frecuentemente del “ruido de sables” en la salas de banderas. El mundillo político era un hervidero de rumores acerca de posibles gobiernos, ya fueran de notables, o gobiernos de coalición.

A Suárez se le consideraba el culpable de todos los males, la personificación de la traición, el epicentro de todas las ruinas.

Suárez, con su dimisión, buscó abortar los diferentes planes de golpe, dado que el objetivo común de todos era sacarlo de la Presidencia del Gobierno

Un informe del CESID, fechado el 11 de noviembre de 1980, resulta esclarecedor de la situación política que se vivía y de los riesgos de una intervención militar, en él se mencionaba que se vivía un clima de anarquía y desbarajuste político. En el informe se diferencian tres esbozos de operaciones militares, la viabilidad atribuida dependía de la velocidad de deterioro político, de ser ésta lenta, la viabilidad sería escasa, aumentarían sus posibilidades de éxito, en caso de que el deterioro fuera geométrico o hubiera una muy grave crisis nacional. El denominador común de todas las operaciones en marcha era el deseo de derribar a Suárez y reconducir la situación política. La dimisión de Suárez sería inmediata e imprescindible la unanimidad militar.

Precipitación de la caída

Hoy se considera que Suárez, con su dimisión, buscó abortar los diferentes planes de golpe, dado que el objetivo común de todos era sacarlo de la Presidencia del Gobierno. La imprevista dimisión altera las diferentes operaciones en marcha y precipita los acontecimientos, aprobando Milans junto con otros generales la toma del Congreso y los acontecimientos conocidos. Así es como Tejero pone en marcha el mecanismo del golpe de estado y será también él mismo quien lo desactive, cuando se encuentra sin el apoyo de la mayoría del ejército y Armada se ofrece, como solución, a presidir un gobierno con ministros de los diferentes partidos políticos y apoyado por un Congreso secuestrado.

El papel del CESID fue determinante en el golpe; dos meses antes el centro de inteligencia creó una unidad especial para ayudar a Tejero (la SEA, Sección Especial de Agentes), unidad que depende directamente del comandante Cortina (absuelto en el juicio de Campamento y en la posterior sentencia del Tribunal Supremo, a pesar de haber facilitado el paso a la comitiva de Tejero camino del Congreso, posteriormente se retiró del ejército como coronel en el 2003). Los coches del CESID guiaron la comitiva golpista, diferentes agentes secretos controlaron los movimientos de las tropas alrededor del Congreso. También se sabe que desde un chalet de la Avenida Cardenal Herrera Oria, de Madrid, se siguió todo el desarrollo: la llegada de Tejero y la entrada de Armada; se dan órdenes para controlar las carreteras de salida de Madrid y se siguen los movimientos de la División Acorazada Brunete.

Acerca de la función desempeñada por el CESID hay incógnitas por despejar. Si en la operación se secuestra al gobierno entero, si los altos mandos del Estado Mayor se oponen a Tejero, a Armada y a Milans, ¿quién le marcaba los objetivos al servicio secreto? ¿A quién obedecían? Cortina lleva a Tejero a unas oficinas, en las cercanías de la plaza de Cuzco en Madrid, para entrevistarse con Armada. ¿Es posible que Cortina actuase sin control de los superiores? ¿Es imaginable un servicio secreto que actúa sin seguir directrices y órdenes precisas y concretas, colaborando en el desarrollo de un intento de golpe de estado? ¿A quién obedecía Cortina, si se secuestra a los Ministros de Interior, de Defensa y al Presidente?

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