Concluida la legislatura y en espera de las elecciones generales, nuestro analista político traza un panorama de situación de las fuerzas en liza ante el nuevo proceso electoral. En esta primera entrega (que completará mañana), pone su atención en el Partido Ppoular (PP) y en el emergente Podemos.
Ha terminado la X legislatura. Con ella se cierra un período que arrancó, hace 40 años, con la transición. A este final de ciclo, de régimen, se llega con unos políticos agotados tras una crisis económica que ha puesto de manifiesto todas las miserias del sistema político. La ciudadanía exige no un mero relevo de los líderes, sino una mayor exigencia de valores éticos a los partidos y unas reformas estructurales para regenerar y modernizar el país. Todos hablan de Dinamarca, nadie quiere mirar a Venezuela ni a Argentina. El final del ciclo tuvo sus pródromos, con el movimiento del 15 M, la crisis de Botsuana y la consiguiente abdicación de Juan Carlos y la explosión de Podemos en la elecciones europeas.
La ciudadanía exige no un mero relevo de los líderes, sino una mayor exigencia de valores éticos a los partidos y unas reformas estructurales para regenerar y modernizar el país.
Hoy, y tras la despedida en la disolución del parlamento, los políticos comienzan a deslizarse por un tobogán que terminará el 20 de diciembre con el resultado electoral y los (seguros) pactos para formar gobierno. El parlamento estará fragmentado como nunca y con hechuras de Cortes Constituyentes. Nos esperan unas elecciones con resultado muy incierto; lo único (casi) seguro es que no habrá mayorías absolutas. Al tobogán se han encaramado los candidatos con diferente bagaje, intenciones y expectativas.
Presencia de Podemos
Pablo Iglesias, Errejón y demás aristocracia podemita plantean una idea de laboratorio politólogo. Se presentarán en 14 CC AA con sus siglas y en las otras tres (Cataluña Valencia y Galicia), en coalición, con Ada Colau, Compromís y Anova. El objetivo es tener presencia en el Congreso en cuatro grupos parlamentarios. Ello les permitirá tener más de un orador en los debates y un mayor impacto mediático, al multiplicar su presencia en la vida política de las cámaras. Para que esta carambola tenga éxito, Podemos necesita el 15% de los votos y cinco diputados en las circunscripciones en las que se presenten en coalición independiente.
La fuerza de Podemos se ha debilitado mucho. Su bala de plata parece que llega, a la gran cita del 20 D, con menos fuerza de la que se suponía a principios de año, cuando algunas encuestas los situaban como ganadores, frente al PP y PSOE. Varias son las razones de este desgaste.
Se ha desvanecido la especial sintonía de la irrupción del partido en la sociedad española
Por una parte el caos griego de sus colegas de Syriza, con corralito bancario de por medio, le ha hecho perder la confianza (y la intención de voto) entre los profesionales universitarios, que fueron su primera base social, con la que comenzó su impulso. Por otra, Pablo Iglesias ha perdido frescura en su mensajes (no digamos Monedero). De inventarse el líder deseado, la opinión pública ha pasado a la realidad; se ha desvanecido la especial sintonía de la irrupción del partido en la sociedad española. Los líderes podemitas han estirado al límite su indefinición en demasiados temas. En algunos, como la independencia de Cataluña, esa ambivalencia resta más que suma.
Para rematar, sus gobiernos municipales en Madrid, Barcelona o Cádiz no han mostrado capacidad real para realizar cambios sustanciales; más dedicados a buscar maniobras cosméticas de retirada de símbolos, cambios de nombres de las calles, o a contratar familiares para puestos de confianza. Al más puro estilo de la casta.
Circula por Madrid la teoría (Maquiavelo existe) de que las encuestas, en las que Podemos aparecía como primera fuerza nacional, estaban trucadas con el objetivo de hacer enfermar de soberbia y vanidad a los dirigentes del partido emergente, al tiempo que ese enfermar les condujera a las elecciones generales en claro declive ante el electorado.
Complicaciones para el PP
El Partido Popular (PP) llega a esta carrera final, tras una maratón salpicada de escándalos de corrupción, recortes en las prestaciones sociales, operaciones de dudosa legalidad (como las preferentes o el escándalo de las renovables), la renuncia a reformar los ayuntamientos y diputaciones y un desencanto grande en sus filas, tras los malos resultados electorales en andaluzas, municipales, autonómicas y catalanas.
Aunque todas las encuestas dan al PP como primera fuerza política, dentro del partido hay pánico a una debacle electoral
En lo que respecta a la corrupción, cada aparición de Rato, en sus múltiples presencias judiciales, le resta un puñado de miles de votos al partido. Igualmente ocurre con el goteo de noticias de Bárcenas o de la Púnica. El partido está dividido: de un lado, los Marianistas, y de otro, aquellos que preferirían un candidato más joven y sin vinculaciones con la corrupción. Rajoy es 20 años mayor que los otros tres líderes. Casi una generación. Hace 20 años que fue ministro por primera vez. Algunos piensan que es demasiado tiempo, que son demasiados vínculos con el pasado, para liderar la regeneración del país. Mariano Rajoy no escucha estos argumentos, empeñado en hacer valer su experiencia y confiándolo todo a la recuperación económica que le permita liderar el nuevo Parlamento.
Los populares lo tienen realmente complicado. Aunque todas las encuestas le dan como primera fuerza política, dentro del partido hay pánico a una debacle electoral similar a la de UCD en 1982. En todo caso si, como ya lo ha manifestado, Ciudadanos niega su apoyo a una investidura de Rajoy, éste necesitaría una, muy improbable, mayoría absoluta para ser presidente. No se puede descartar, en el caso de victoria ajustada del PP, un gobierno popular presidido por Soraya, Feijóo u otro líder similar, para poder tener el apoyo de las huestes de Rivera.
Tras reiteradas operaciones para intentar que Rajoy renunciase a ser candidato, al final el tiempo apremia y, para algunos dirigentes, sólo queda cruzar los dedos y aguantar la respiración. Alea jacta est.