Desde estas páginas vengo defendiendo la tesis de que el país tiene una crisis institucional (nacida en la falta de legitimidad de algunas instituciones), que se mantenía latente y que afloró por el cóctel explosivo de una corrupción, insoportable por su extensión, y una crisis económica con un coste en paro, desahucios y en ruptura de la paz social, que el electorado no admite que sea irremediable.

El continuo goteo de registros policiales en instituciones públicas, detenciones, imputaciones y procesamientos de personajes (tras la tregua del período electoral), hace que la sociedad ponga en duda la legitimidad del sistema de recompensas que justifica la desigualdad social, fracturando uno de los pilares que sostiene nuestra sociedad.

La solución Rajoy

Mariano Rajoy, el presidente del gobierno, se ha empeñado en que la salida de la crisis económica hará olvidarse de todo lo anterior

Mariano Rajoy, el presidente del gobierno, se ha empeñado en que la salida de la crisis económica hará olvidarse de todo lo anterior y el electorado reiterará el apoyo al partido que ha sabido gestionar la salida de la crisis, después del desastre de los gobiernos de Zapatero. El resultado de las últimas elecciones parece no dar la razón a este planteamiento: el electorado (2.500.000 menos de votos) ha preferido no votar, antes que hacerlo con la nariz tapada. El voto del miedo, voceado a los cuatro vientos por los candidatos populares, ha fracasado; la capacidad de seducción del voto de castigo (en parte votando a Ciudadanos y, en mayor cuantía, eligiendo la abstención) ha sido superior. No han sido suficientes las reiteradas referencias, de los peores presagios, que auspiciará el ascenso de Podemos. El ejemplo del Ayuntamiento de Madrid ha sido clarificador: una candidata ha puesto de manifiesto la falta de sensibilidad política de la candidata popular (Esperanza Aguirre), que ha sido ampliamente derrotada en todos los distritos del Sur de la capital, a pesar de las importantes inversiones realizadas en metro y sanidad (hospitales y centros de salud) en aquellos distritos, que ven en la impunidad de algunos dirigentes un comportamiento inadecuado para darles su representación. La pérdida de poder municipal ha sido muy importante, especialmente en las ciudades más pobladas, que han pasado al control de la izquierda.

Hay unanimidad, entre los analistas, que el presidente Rajoy no tenía “plan b” ante el resultado de las municipales. De ahí su primera manifestación de “Hemos ganado las elecciones. . . “.

A la espera de buenas noticias

Veinte días después Rajoy, a solas ante el espejo, prepara la estrategia para intentar en 6 meses (agosto incluido) remontar hasta el 30- 33 %, cifra mágica que se maneja como la frontera para conservar un gobierno monocolor, tras las elecciones generales de noviembre. Dos son los cambios que prepara. Una mini crisis ministerial, con cambio en Ministerio de Cultura y en la portavocía del gobierno y, por otra parte, caras más jóvenes en el partido, con el ascenso imparable de Pablo Casado, son las quinielas con más éxito a día de hoy. Una de las armas con que cuenta, para recuperar voto perdido, será la aprobación de los presupuestos, así es de esperar que el gobierno presente en el Parlamento unas cuentas del Estado para 2016 que representen su campaña electoral: bajadas de impuestos y mayores partidas de gasto social (aumento del número de becas y de ayudas a la dependencia).

La aparición de los partidos emergentes y la abstención del electorado popular indica que una parte, substancial, de la ciudadanía desearía cambios más allá de la mera cosmética

Con estas reformas, Rajoy confía que el goteo de buenas noticias económicas (y de empleo) anestesie la sensibilidad de los electores ante los nuevos casos de ingresos en prisión, nuevas imputaciones y aperturas de juicios (que en la medida de lo posible se aplazarán hasta el próximo año), Gürtel y Urdangarin incluidos.

Partidos emergentes

La aparición de los partidos emergentes y la abstención del electorado popular indica que una parte, substancial, de la ciudadanía desearía cambios más allá de la mera cosmética, comentada anteriormente. A esta porción del electorado le parece inviable mantener en la penumbra, de la información para iniciados, la cuestión de la fortuna de la familia real, no proceder a la reducción de la administración pública (Ayuntamientos, Diputaciones, Senado), refundar las estructuras políticas bañadas en corrupción, un plan para la reforma constitucional, la eliminación de aforamientos, que son utilizados para protegerse de demandas relativas a actos de la vida privada (demandas de paternidad o de violencia doméstica), entre otras.

No resulta admisible censurar las reivindicaciones soberanistas, bajo la amenaza de la ruptura del país, y mantener conductas corruptas basadas en la impunidad o en el abuso de privilegios, porque estas conductas también fracturan la sociedad, vapuleando los valores de la recompensa al esfuerzo y del imperio de la ley, que siembran el desapego de la ciudadanía respecto de sus representantes e instituciones.

En la acera de enfrente se felicitan. Cuatro de las cinco ciudades más pobladas han pasado al control de agrupaciones de izquierdas; el PSOE recupera poder en ayuntamientos emblemáticos (Sevilla) y prepara la estrategia para la partida final del año, las elecciones generales. Pedro Sánchez acaricia la idea de presidir el gobierno, apoyado por Podemos, a condición de alcanzar, de forma conjunta, al menos 160 diputados. Parece que otra facción del partido socialista entiende esta maniobra de altísimo riesgo a medio plazo, ante la contingencia de ser absorbidos por la fuerza emergente del partido de Pablo Iglesias. Definitivamente, 2015 es un año muy electoral.

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