Nuestro analista político ofrece un panorama de situación en el que se cruzan múltiples líneas y que, de no haber una solución de consenso, abocarán en unas elecciones anticipadas que pocos quieren.
Después de haber transcurrido siete semanas del compromiso electoral, los políticos están inmersos en un laberinto de líneas rojas del que ni ellos mismos conocen cuál será la salida.
Vivimos una continuación de la campaña electoral. Los políticos parece que sufrieran de estrabismo: con un ojo miran a la posible futura coalición y, con el otro, tienen la mirada clavada en una, posible, nueva cita con las urnas. La sombra de nuevas elecciones es alargada y afecta a todos. Unos confían mejorar, otros esperan mantenerse y ninguno piensa en empeorar sus resultados. De su efecto no se libra ninguno. Como gran telón de fondo del teatro político, está la voceada segunda transición.
Hacia una segunda transición
Vivimos una continuación de la campaña electoral… La sombra de nuevas elecciones es alargada y afecta a todos
Esta segunda transición es muy diferente de la primera. En aquella había un desconocimiento demoscópico importante del país. Hoy la opinión pública es mucho más crítica y más informada. Más exigente. En el 77 se trataba de cerrar una guerra civil, de entrar en un sistema democrático, que la mayoría de la población lo conocía muy, muy, de lejos. La libertad de prensa, la alternancia en el gobierno de los partidos políticos, el divorcio, la objeción de conciencia, el hartazgo de las asignaturas de religión y de la FEN (hasta en la universidad), la libertad de manifestación, los sindicatos, se dibujaban en el ansiado paraíso terrenal. Todos ellos se configuraban como elementos imprescindibles para fabricar la llave que nos permitiera abrir la puerta de la próspera y libre Europa.
Ahora, la segunda transición es mucho más técnica. Hoy se trata que la sociedad civil tenga mayor peso. Que la corrupción de los partidos políticos se yugule. Que se afronte el gravísimo problema de las pensiones. Que la justicia tenga real independencia del ejecutivo, que reduzca sus plazos, que, en la actualidad, son escandalosos y le hacen perder ejemplaridad, prestigio y eficacia. Que se actualice la ley electoral. Reformar la actual estructura del Estado, amenazado por veleidades independentistas y con unos costes inasumibles. El paro fue, y sigue siendo, prioridad máxima.
Apuesta que no se puede perder
Para esta segunda transición, el país dispone de más información y de unos técnicos muy preparados, en cantidad y calidad
Actualmente somos nominalmente Europa, pero no lo somos en la realidad. Para esta segunda transición, el país dispone de más información y de unos técnicos muy preparados, en cantidad y calidad. Se trata de intentar ser la Dinamarca del Mediterráneo, más que la Venezuela de Europa. Es una apuesta que, después de la Guerra de la Independencia, se nos vuelve a presentar y que no podemos volver a perder.
Mientras tanto Pedro Sánchez aprovecha el presunto “mus negro” que se dio Rajoy. Es su oportunidad (de “quitar la mano”) para intentar sacar adelante un pacto, que impida la aparición de los populares, en un segundo acto de investidura, para el caso de que tras fracasar Sánchez, el rey diera un nuevo encargo a Rajoy. Pero el líder socialista lo tiene muy difícil, las líneas rojas (de los barones, de los otros partidos, de sus promesas) y la contumaz aritmética del número de escaños repartidos no le permitirán lograr la investidura. Hasta sus propios fieles dudan de que alcance el éxito.
Condiciones inasumibles
Podemos está dispuesto hacer todo lo posible para que haya nuevas elecciones. Busca unas condiciones que sean inasumibles para el PSOE. Con el habitual juego malabar dialéctico, que caracteriza a la formación morada, Iglesias y Errejón se ufanan en intentar convencer a todo periodista que se aproxime que su intención no es provocar nuevas elecciones; pero no aceptan pactar con Ciudadanos y quieren que el PSOE se arrastre al carnaval de la autodeterminación. Tras la rueda de prensa de Iglesias como vicepresidente con sus ministros, Podemos está en plena campaña electoral. No piensa en otra salida del laberinto. Dan por descontado la mejora de sus resultados.
En el PP nadie puede garantizar que no surjan más casos de corrupción. Los que están vivos (Bárcenas, Púnica, Taula, Rato, Acuamed, etc.) en cualquier momento pueden tener una réplica, que vuelva a desbordar los titulares de toda la prensa, colocar en la picota a algún dirigente y salpicar a todo el partido. Pero tiene un tercio de los diputados. Sus votantes repudian la corrupción, pero no encuentran alternativa política que mejor represente sus valores políticos y sociales.
Apunte de solución
Si no se da una solución de gran consenso y la aritmética no cambia, estamos abocados a nuevas elecciones en el verano
En estas circunstancias, ante las líneas rojas de las formaciones políticas y la obstinación de la aritmética, aventuro una solución que evite nuevas elecciones. Un gobierno presidido por Rivera (o un independiente con prestigio y solvencia), con ministros de ciudadanos, populares y socialistas. Un gobierno para hacer reformas en profundidad y consensuadas. Un presidente (catalán), para hacer frente al desafío independentista. Que adopte medidas que han funcionado en otros países y se olvide de aquellos cantos de sirena populistas, que no han funcionado allí donde se han puesto en práctica. Poco debemos aprender, en lo político, de Cuba, Venezuela o Grecia y sí lo debemos de hacer de Dinamarca o Alemania en la educación, el empleo o la corrupción.
La cabeza, política, de Rajoy será un argumento para convencer a los socialistas. En todo caso, las posibilidades del líder popular de encabezar un gobierno, con el actual reparto parlamentario, son inexistentes.
Si no se da una solución de gran consenso y la aritmética no cambia, estamos abocados a nuevas elecciones en el verano, con un electorado presumiblemente molesto, en un año que se aventura complicado en lo económico, a nivel internacional, con la incertidumbre de la situación real de la economía china, y a nivel doméstico con exigencias de Europa para la aplazada reducción del déficit público.